Poesías y Cuentos

Conflicto

Cuento
Libro
: Nuevos Cuentos
Autor: Leónidas Barletta
Editorial: Teatro del Pueblo, 1963 – Buenos Aires, Argentina

ACERCA DE CONFLICTO: Un zapatero remendón no puede manejar el conflicto entre su propia pobreza y la de una chica que trae a reparar sus zapatos destruidos. Barletta saca a relucir lo mejor de su veta popular. Adrián Camps
Un día apareció en el tragaluz del tallercito de compostura, un papel que decía:UN DÍA A LA SEMANA, TRABAJO GRATIS.
SI USTED ACIERTA QUÉ DÍA ES, SE LLEVA SIN PAGAR LA COMPOSTURA. – ARTIDORO.

Se levantó un gran revuelo en la cuadra, no tanto por el beneficio sino porque la gente de ese barrio, sentía una fuerte inclinación por el juego. Y no era fácil adivinar, porque Artidoro cambiaba el día todas las semanas.

Los que se sentían contrariados eran los que tenían el calzado sano o los que no lo tenían y usaban zapatillas.

El primer encontronazo lo tuvo con Antonio, el verdulero:
- Che, Artidoro ¿qué te agarró?… ¿Lo pusiste vo’, ese papel ahí en la ventana? ¿Te alimentás a finucho y por el otro lado tirás la plata?
- Algo hay que hacer para ayudar a la gente.
- Y so’ vo’ que vas a arreglar el mundo, melón… – rugió el verdulero.
- Yo pongo mi parte…
- Vo’ te creés que un hombre puede hacer algo, él solo, estúpido… (Claro, un estúpido partenal).
- Cada uno que haga lo que puede…
- Así que yo un día  a la semana, lleno el carrito de verdura y despacho gratis?
- Uno sabe dónde le duele…
- Mirá… dejame ir porque si no vamos a terminar peleando…
- Yo no te tengo agarrado de la cola…

La primera semana resultaron favorecidos cuatro composturas. Artidoro eligió el viernes. Colgó un cartelito que decía:

LAS COMPOSTURAS QUE SE RETIRAN HOY NO SE COBRAN.
Estaba contento. Se sentía aligerado y satisfecho. Era agradable ver la cara de asombro que ponían los clientes.
- ¿De veras no cobra?
El señalaba con la cuchilla o el martillo el cartelito de la pared.
- ¿Qué mosca le ha picado?
- Hay que abaratar la vida. Ya no se puede vivir. Un par de medias cuesta treinta pesos- decía Artidoro.

Había algunos que llevaban los zapatos a arreglar, porque eran jugadores y si no acertaban, no pasaban a retirarlos. De modo que las paredes se cubrieron cada vez más de viejos zapatos arreglados.

Fue por esos días que ocurrió un episodio insignificante, pero que conmovió al zapatero. Bajó una muchacha descolorida, flaca. Se había recogido el cabello rubio sobre la nuca. Era un cabello hermoso que se ondulaba en pesadas matas de oro limpio. Mirándola uno sentía el disgusto de que un cabello tan fino y atrayente adornase un rostro sin gracia, chato, de ojitos redondos y enrojecidos, de nariz ancha en la base, de agujeros grandes, de boca gruesa y mentón aplastado.

Desenvolvió el paquete que traía y mostró un par de zapatos en sus manos de uñas descuidadas.
- Esto no vale la pena arreglarlo… están muy gastados… no sirven más que para tirarlos… – dijo Artidoro mientras los examinaba.
- ¡Están tan caros ahora los zapatos!- murmuró ella con una mezcla de súplica, protesta y desesperación.
Artidoro movía la cabeza negativamente.
- Son para ir al trabajo, porque en la fábrica me pongo las zapatillas.
Artidoro miró impensadamente los pies de la muchacha y vió que llevaba unos zapatos de lona, de hombre, demasiado grandes para su medida.
Ella insistía débilmente:
- Todavía pueden tirar un poco. Es que una se acostumbra tanto a los zapatos que prefiere los viejos a los nuevos.
Sin replicar, Artidoro, los puso en el suelo, junto a la silla y barbotó:
- Para el jueves a la tarde…
- ¿Cuánto me va a salir?- preguntó la rubia conteniendo cierta ansiedad.
Artidoro volvió a tomar los zapatos, los examinó nuevamente, luego con un tono ligeramente irritado, exclamó:
- Estos… es mejor tirarlos a la basura… éstos salen… media suela clavada… taco… a éste hay que cambiarle el cambrillón… hay que coser el escote… por menos de veintiocho pesos no se pueden arreglar y bien no van a quedar…
Ella quedó un instante alelada, después fue saliendo lentamente. Desde el primer escalón volvió la cabeza:
- ¿Para el jueves, sin falta?
- Sí –respondió Artidoro con voz dura- pero hay que dejar seña.
Y con el martillo que tenía en la mano señaló los zapatos que colgaban de la pared.
- Hago la compostura y después no vienen a retirarla- murmuró para justificarse.
La muchacha retrocedió sobre sus pasos, mientras abría el pellizco dentro de su mano cerrada.
- ¿Tres pesos está bien?
Artidoro tomó el dinero sin contestar, tanta rabia le daba tener que conmoverse.
La muchacha salió y Artidoro se puso a comer una manzana, pelándola cuidadosamente con su cuchilla de zapatero. Comía un trocito de manzana saboreándola concienzudamente y tomaba un traguito de vino.

Después siguió el trabajo que tenía entre manos. Pero tuvo que dejarlo porque no podía quitarse de la cabeza los zapatos torcidos de la muchacha.
Y toda esa tarde y hasta las diez de la noche y toda la mañana siguiente y parte de la tarde, se puso con ardor a componer aquellos zapatos.

Con la boca llena de clavitos, cantaba:
-… Marianina… mamma mía… Angiolina… sorella mía… Teresina, sorella cara… Estela, cuore mío…
Y volvía a empezar. Y recordaba los zapatones de cuero rústico, duro, que llevaba su madre, sus hermanas, su novia lejana…
El jueves a la tarde apareció la rubia y empezó a desenrollar despacio unos billetes.
Artidoro tomó el par de zapatos resplandecientes, los envolvió en una hoja de papel de diario y se los dio. A la muchacha se le iluminó el rostro. Parecía contenta y más digna de aquella exuberante cabellera de oro.
- ¿Veintiocho… me dijo?…

Artidoro se levantó de su sillita desvencijada, contó tres pesos de a uno y se los dio. Después sacó de debajo de la banquilla el cartelito y lo colgó en la pared.
La rubia perpleja leyó:

LAS COMPOSTURAS QUE SE RETIRAN HOY, NO SE COBRAN.

* Este cuento integra el libro Nuevos cuentos, de Leónidas Barletta, Teatro del Pueblo, 1963, Buenos Aires.